Alvarez Uría: El reconocimiento de la humanidad

Alvarez Uría, F. (2014): El reconocimiento de la humanidad. España, Portugal y América Latina en la génesis de la
modernidad. Madrid, Ediciones Morata.

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La tesis sostenida en El reconocimiento de la humanidad es que el moderno orden secular se sustentó en Occidente en la categoría de género humano, una categoría de pensamiento extraña al mundo protestante de los elegidos. Tras el descubrimiento del Nuevo Mundo esta categoría se expandió, tanto en España como en América Latina, impulsada por la llamada Escuela de Salamanca.

¿Cómo explicar que esa primera modernidad del sur, que fue decisiva en el proceso de formación de un pensamiento racional y científico, haya sido mayoritariamente marginada, ignorada o infravalorada por los historiadores? ¿Cómo explicar que los países hispanos, en donde presuntamente se produjo ese primer avance de secularización y de democratización, se hayan incorporado tardíamente al mundo moderno, hasta el punto de que la Iglesia Católica sigue aún en la actualidad marcando fuertemente la agenda de los gobiernos?

En el libro se abordan estas y otras cuestiones, y se argumenta que la formación de la idea de humanidad, en íntima relación con las navegaciones y descubrimientos, abrieron el camino a la constitución de un nuevo espacio mental, a un nuevo sistema de pensamiento que se articuló con específicas condiciones sociales y políticas. La historia intelectual únicamente resulta inteligible a la luz de la historia social.

El reconocimiento de la humanidad abrió la caja de Pandora del problema de la legitimidad del poder. ¿Si todos los seres humanos compartimos una naturaleza común, por qué unos mandan y otros obedecen, por qué unos son ricos y otros pobres, de dónde dimana la propiedad, la sociedad, y el Estado? Las bases para un nuevo pensamiento político, al margen del orden teocrático, propio de la cristiandad, estaban puestas. Frente a las ideas recibidas, se avanza en esta obra una nueva línea explicativa de la génesis de la modernidad que, centrada especialmente en el siglo XVI, atraviesa España, Portugal y América Latina

 

 

Algunas propuestas políticas para un gobierno de progreso

De Fernando Álvarez-Uría. Publicado originalmente en Cuarto Poder.

Tras las elecciones generales del día 20 de diciembre, el próximo gobierno democrático que tendrá que gobernar en España deberá adoptar decisiones políticas pensadas y razonadas en función del interés general. Previamente será preciso negociar, llegar a acuerdos, conformar un pacto de gobierno entre distintos partidos en el que cada grupo político debería establecer un programa de medidas prioritarias. Para consensuar ese pacto, que el país reclama para salir de la inestabilidad, será preciso que los partidos actúen con generosidad, pero también con claridad. Frente a tantas líneas rojas, que obstaculizan los acuerdos, trataré de esbozar más bien algunas líneas de fuerza, algunas propuestas políticas que podrían servir para enriquecer la apuesta de los partidos políticos progresistas a la hora de contribuir a conformar un gobierno reformista.

  1. La mayoría de los partidos políticos españoles, en aras de lo que consideran un discurso moderno, propio de la nueva política, ignoran el pasado, y aunque anuncian sin fisuras un futuro idílico al alcance de la mano, olvidan que el futuro tan sólo se construye sobre un diagnóstico certero del presente, lo que implica a la vez ser conscientes de las peores herencias recibidas del pasado para hacerles frente. En este sentido me gustaría que una de las primeras medidas del nuevo gobierno, salido de las negociaciones entre partidos, fuese consensuar un reconocimiento explícito de la legalidad republicana y de la deuda contraída por la actual democracia española con todos los defensores de la legitimidad democracia que, derrotados por el golpe militar y la guerra, se vieron condenados al ostracismo, a la muerte, o a un terrible exilio impuesto por los vencedores. Es de justicia rendir un homenaje público a todos los hombres y mujeres que defendieron la legitimidad legal de la II República, y que en muchas ocasiones combatieron también contra el fascismo. También es de justicia que todos los muertos que aún permanecen enterrados en las cunetas, o en las fosas comunes, sean rehabilitados para que la memoria compartida permita que cicatricen las heridas de la guerra. Según los datos de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, aún quedan 2.400 fosas por abrir, y es preciso exhumar esos restos para que, quienes fueron perseguidos y asesinados, tras tantos años de desprecio por la vida humana, al fin descansen en paz arropados por el reconocimiento social que se merecen.
  2. El problema central de la actual democracia española es el desempleo de los sin trabajo y la precarización del trabajo. España casi triplica la tasa media de paro de los 34 países de la OCDE y, con una tasa de desempleo de cerca del 21% de la población activa, casi dobla la media de la zona euro. Las cifras son aún perores en lo que se refiere al desempleo juvenil que golpea a cerca del 50% de los jóvenes, una tasa que está 30 puntos por encima de la media de la zona euro. Crear empleo, combatir la precariedad laboral, la temporalidad, los contratos-basura, el sexismo laboral, vincular derechos sociales al trabajo, constituye una prioridad que obliga a un gran pacto social y político por el empleo, un gran acuerdo entre todos los partidos políticos para dignificar y repartir el trabajo, un pacto que movilice no sólo a la patronal, a las formaciones políticas ,y a los sindicatos, sino también a la administración del Estado, y a toda la sociedad en su conjunto.
  3. El mundo rural español ha sido el gran ausente de la pasada campaña electoral, y sin embargo es una importante fuente de riqueza, además de ser un yacimiento de empleo, como dicen los modernos. La extensión de la agro-ecología, la creación de cooperativas de jóvenes agricultores, la formación de cooperativas y empresas de transformación de alimentos, no sólo permitiría hacer frente al proceso de desertificación del que nadie se parece preocupar, no solo serviría para potenciar los mercados locales con productos de calidad, sino que también serviría de base para pequeñas industrias que proporcionarían a las materias primas un valor añadido. Es increíble que un país tan turístico como España aún no haya declarado la guerra a los herbicidas y pesticidas, a los transgénicos, y puesto en marcha un proyecto ambicioso de rehabilitación y cuidado del mundo rural, que pasa por defender los ecosistemas, prevenir los incendios, movilizar social y culturalmente a los ciudadanos en los ayuntamientos, ampliar el número de parques naturales y cuidar zonas de enorme valor ecológico.
  4. En íntima relación con la primera medida propuesta de reavivar la memoria histórica sería preciso abogar por la recuperación del patrimonio cultural común, tanto material como inmaterial, tantas veces olvidado, cuando no saqueado. Urge una ley que convierta en patrimonio común de todos los españoles los monumentos nacionales, incluida la mezquita de Córdoba. Urge aprobar una legislación que proteja los yacimientos de las culturas ibéricas- Es preciso un inventario de los monumentos nacionales y de interés histórico, inventariar y proteger cuadros y objetos valiosos que pertenecen a colecciones privadas. Es preciso detener la sangría de robos, expolios, y venta en el extranjero de bienes de valor incalculable que forman parte del patrimonio colectivo. Es preciso que los ciudadanos asuman como propiedad común el ingente legado cultural heredado.
  5. Joaquín Casta, que fustigó del caciquismo, y fue el gran impulsor del regeneracionismo, hizo reposar su programa progresista de reformas sobre tres pilares: escuela, despensa, e higiene. A unas condiciones saludables de alimentación y de vida se ha de añadir una medicina pública de calidad, así como un sistema educativo público y laico que combata el elevado fracaso escolar existente en nuestro país, y eleve el nivel cultural extendiendo la pasión por el conocimiento. No se producirá un incremento significativo del nivel cultural mientras no se creen las condiciones para poner en valor las conquistas del conocimiento. El pacto por un gobierno de progreso debería implicar un pacto por la educación pública, y el desarrollo de proyectos científicos estratégicos, y también un pacto para crear instituciones en el espacio público al abrigo de las luchas partidistas. En este sentido sería urgente tanto un estatuto de la televisión pública, como el que disfruta en Inglaterra la BBC, en el que trabajen con profesionalidad y libertad periodistas independientes, y también la independencia de organismos de observación y diagnóstico de los problemas sociales, como el Centro de Investigaciones Sociológicas. Este centro debería operar al servicio de los gobiernos y de la investigación sin depender de los gobiernos de turno, lo que permitiría a los profesionales de las ciencias sociales y políticas realizar un trabajo de calidad liberado de intereses partidistas.
  6. En la actualidad, tras la derrota de ETA, una banda que ha supuesto un lastre enorme en el proceso de transición de nuestro país a la democracia, uno de los principales obstáculos para que se produzca un impulso democratizador en la política española, siguen siendo los nacionalismos secesionistas. Necesitamos que los partidos de las llamadas nacionalidades históricas salgan de sus cotos privados, se alejen de los fundamentalismos religiosos, y se comprometan en la gobernabilidad de España y de Europa. Desde una perspectiva de izquierdas es indudable que la cuestión social, el enfrentamiento entre las clases, la posibilidad de que la sociedad se fracture entre una minoría de ricos y una mayoría de ciudadanos instalados en la precariedad, constituye la cuestión palpitante. Los programas de solidaridad y redistribución de la riqueza, junto con el internacionalismo constituyen las señas de identidad de la izquierda. Puestos a decidir, somos muchos los que reclamamos en España el derecho a decidir la república como forma de gobierno, frente a la actual reinstauración monárquica, y también somos muchos los europeístas que reclamamos la capacidad de decidir de los países integrados en la Unión Europea para la formación de los Estados Unidos de Europa.

El neoliberalismo triunfante en estos últimos treinta años no solo ha generado una gran desestructuración del tejido productivo, un crecimiento feroz del capitalismo especulativo y de la corrupción, ha abierto la vía a sociedades marcadas por enormes desigualdades económicas, culturales, laborales, de género, regionales… Desigualdades que suponen un ataque brutal contra los sistemas establecidos de protección social, y que por tanto son un desmentido fáctico del modelo social europeo conquistado con tanto esfuerzo de los trabajadores. La fuerza de los nuevos partidos jóvenes debería servir de acicate para una renovación en profundidad del proyecto socialdemócrata heredado, un proyecto que debería primar sobre el protagonismo personal de determinados líderes políticos. Domesticar al mercado es una cuestión de vida o muerte para la democracia, y se puede hacer si a la vez avanzamos hacia una Europa federal. A mi juicio, la principal seña de identidad de un proyecto político progresista de gobierno, que beneficie a las clases populares y a las clases medias, radica en la determinación de tratar de resolver la cuestión social, y en asumir las consecuencias de la fraternidad internacionalista. Los seres humanos nacen libres, iguales y no sometidos a servidumbre. Pensar en términos universales de justicia y de humanidad resulta incompatible con bandos y banderas desplegados por partidos reaccionarios, anclados en los fanatismos nacionalistas y en actitudes xenófobas.

El ecologismo, el pacifismo, el feminismo, los movimientos sociales están llamados a contribuir a esa revolución socio-cultural que es preciso librar desde las asociaciones, los ayuntamientos, las comunidades autónomas y el gobierno central, una movilización general que este país necesita como una bocanada de aire puro para respirar. La izquierda debe estar a la altura de las demandas sociales de estos tiempos revueltos; debe asumir con confianza el reto de ayudar a construir para todos, y entre todos, una moral social que sirva de dique de contención contra la corrupción: la moral laica de la ciudadanía. Un compromiso ético que nos permita avanzar desde la solidaridad hacia una sociedad más justa y democrática. Sí, se puede.

(*) Fernando Álvarez-Uría es catedrático de sociología en la Universidad Complutense y autor de El reconocimiento de la humanidad. España, Portugal y América Latina en la génesis de la modernidad (Ed. Morata, 2015).

Fernando Álvarez Uría presenta «El reconocimiento de la humanidad»

En esta entrevista con Paulo Cosín el autor nos habla de «El reconocimiento de la humanidad. España, Portugal y América Latina en la génesis de la modernidad« su último libro publicado en Ediciones Morata.

Fernando Álvarez Uría presenta su libro El reconocimiento de la humanidad P. En El reconocimiento de la humanidad se plantea que fue a partir del descubrimiento de América, y de la primera vuelta al mundo realizada por Magallanes, cuando se produjo el gran desarrollo del pensamiento moderno en torno a la defensa de los derechos humanos, empezando por los dominicos de la Escuela de Salamanca. Estos defensores de la humanidad disponían de influencia ante el poder real y la Iglesia, pero actuaron con valentía, pues finalmente fueron condenados por la Inquisición. ¿Es esta obra una manera de que la historia haga justicia a estas personas que nos legaron esta categoría de género humano? ¿Hay ejemplos como estos en la actualidad?

R. Me interesa en especial la historia del presente. Es preciso conocer el pasado para objetivar el peso del pasado en nuestras sociedades, para dar cuenta de las inercias que nos impiden avanzar, pero también de las posibilidades abiertas que se vieron bloqueadas. Las navegaciones emprendidas por portugueses y españoles durante los siglos XV y XVI crearon las condiciones para la formación de un pensamiento nuevo que abrió el camino al mundo moderno. En este sentido es preciso reconocer el valor de quienes desafiaron las ideas recibidas. Imperaba entonces en el occidente cristiano una mentalidad de cristiandad en la que únicamente había espacio para fieles e infieles, cristianos y paganos, amigos y enemigos. Fueron algunos frailes dominicos, como Cayetano y Francisco de Vitoria, los representantes de la llamada Escuela de Salamanca, con la que conectó muy especialmente Bartolomé de las Casas, quienes abrieron el camino a una nueva categoría de pensamiento, la categoría de género humano, que obligó a pensar de otro modo. El historiador norteamericano Lewis Hanke lo expresó bien con el título de uno de sus libros: La humanidad es una. Los dominicos tendían a monopolizar las cátedras de teología en las Universidades cristiano-escolásticas, ocupaban puestos importantes en el interior de los tribunales de la inquisición, desempañaban al lado de los monarcas un papel fundamental para combatir la nueva herejía luterana, pero a la vez, para pensar el Nuevo Mundo, y para combatir los estatutos de limpieza de sangre, promovieron una nueva categoría universalista de pensamiento, la categoría de humanidad heredada de los estoicos. A partir de esa revolución mental se abrió el nuevo espacio intelectual del mundo moderno, un espacio secularizado en el que la Declaración Universal de los Derechos Humanos encontró cobijo y a su vez dio alas a una utopía posible: la gran república humana. Creo que J. Habermas tiene razón al defender que la modernidad no está cerrada: estamos obligados a ser modernos, a pensar y actuar en términos universalistas, en defensa del bien común.

 

P. Argumenta que la categoría de género humano, desarrollada en España y América Latina, fue diferente a la del mundo protestante. ¿Cuáles considera que son la principales diferencias?

R. A diferencia de la bondad del hombre natural, y del comunitarismo católico, los protestantes insistieron en la maldad natural del mundo encenagado en el pecado, y la soledad de los individuos ante la incertidumbre de la predestinación. El hombre es un lobo para el hombre, escribía T. Hobbes. La naturaleza del pacto social difiere profundamente entre el mundo católico y el protestante. Los católicos retomaron de Aristóteles la idea de que el ser humano es por naturaleza un ser social. Durante mucho tiempo el mundo protestante estuvo circunscrito al mundo de los elegidos, agrupados en las sectas. Me parece que es preciso cuestionar la idea de que la modernidad viene del norte, del protestantismo. Es preciso analizar en la historia cómo se produjo la modernidad y cuales fueron sus efectos. No es una cuestión meramente académica. Aceptar sin más la modernidad protestante equivale a aceptar la racionalidad del sistema pues, como mostró Max Weber, existe una homología estructural entre el pietismo protestante y el espíritu del capitalismo. Yo defiendo la tesis de una primera modernidad latina, la modernidad del sur, la modernidad que iguala a la pobres y a los ricos, a los fieles y los infieles, a los nacionales y a los extranjeros.

P.Si bien gran parte del libro se detiene en el descubrimiento del Nuevo Mundo, el recorrido histórico es tan apasionante como amplio, y permite ver la evolución del pensamiento occidental en torno a la idea de humanidad desde Constantino, en el siglo IV, hasta Hobbes y Locke. En el libro aparecen referencias múltiples de personajes históricos y pensadores, como Tomás de Aquino, el emperador Federico II, Nicolás de Cusa, Juan de Paris, Guillermo de Ockham, Lutero, Petrarca, Bocaccio, Maquiavelo, Tomás de Vio, el papa Alejandro VI, Francisco de Vitoria, Bartolomé de las Casas, Carranza y muchos más. Todo esto lleva a pensar en que la investigación ha debido ser larga y minuciosa. ¿Cuántos años de investigación se necesitan para escribir una obra así?

R. Siempre me interesó la sociología histórica, y con ella el método genealógico, para tratar de entender de dónde venimos y cómo podríamos avanzar. En este sentido, tras realizar desde hace años algunos trabajos puntuales, me pareció percibir una deficiencia en los análisis realizados por la mayor parte de los historiadores sobre el imperio portugués y el español, pues el poder físico y material no parecía ir acompañado de un poder simbólico. Predominaba una mirada miserabilista en la que la inquisición y la violencia se hacían omnipresentes. Sin duda esos poderes existieron, y generaron durante siglos demasiado dolor y sufrimiento, pero también era preciso ser sensible a las resistencias y a las desviaciones. Me parecía que para entender el movimiento ilustrado era preciso retrotraerse a los tiempos en los que predominaba un pensamiento teológico-político y dar cuenta de cómo el orden natural y el sobrenatural se escindieron. A la redacción de este libro dediqué estos tres últimos años de investigación, pero para realizarlo contaba con todo un material previo que había trabajado de forma sectorial.

El libro consta de una parte central, en la que presento cómo se produjo la modernidad en España, Portugal y América Latina, en íntima relación con la categoría de humanidad, pero previamente presento las líneas maestras del mundo medieval como contrapunto. El libro se cierra con una parte final en la que se pone de manifiesto cómo, tras ser decapitada la Escuela de Salamanca, los jesuitas retomaron el testigo de la modernidad y lo remodelaron en función de su fidelidad al poder infalible del obispo de Roma. España, Portugal y América Latina tuvieron su propia vía de acceso a la modernidad, pero al final esa modernidad se vio bloqueada por los poderes civiles y religiosos, y creo que la superación de esta especie de aporía entre una modernidad precoz y una modernidad bloqueada pasa por una apuesta decidida en favor de un proceso de secularización articulado por la solidaridad, y por la defensa y cuidado de los bienes comunes.

P. ¿Cuál cree que es la principal aportación del libro?

R. Toda investigación hunde sus raíces en un pensamiento colectivo. En este sentido mis deudas con historiadores y sociólogos es enorme. Creo que la principal innovación del libro está en mostrar que la idea de humanidad, y con ella la de la naturaleza natural, surgió como una estrella danzarina del descubrimiento del Nuevo Mundo, una categoría que suponía que el papa y el emperador dejaban de ser los dueños del universo. El sistema de pensamiento por el que se regía el mundo medieval se venía definitivamente abajo, precisamente en tiempos del emperador Carlos V. La apropiación de nuestro propio destino en tanto que seres humanos, frente a los poderes exorbitantes de los poderosos, continúa siendo hoy, como ayer, el eje de la hoja de ruta de los movimientos democráticos que aspiran a ser modernos.